Esta situación le hizo pensar, podía irse de allí con cierta tranquilidad. Había cambiado una situación sin solución por un diálogo basado en el respeto. Pero sabía que ese no era el origen del problema. Todo había sido provocado por la imagen que les proporcionaban desde su tribuna las personas que tienen la posibilidad de cambiar las cosas. Y es a éstas últimas, a quienes les corresponde la tarea de dialogar para no desembocar en disputas que no dan lugar. Aunque aquel día, ella con su humildad, había podido aportar, tal vez, su granito de arena.
viernes, 15 de abril de 2016
UN GRANITO DE ARENA. - Por I.M.M.
Atravesó la plaza casi desierta evadiéndose del ruido de la ciudad. Sentía el sol en sus brazos y el calor húmedo de esa hermosa ciudad. Cerca de Floridablanca podría tomar uno de los autobuses que la llevarían a la playa. ¡Cómo disfrutaba de aquellos días tan hermosos de verano! Dos personas en un banco sentadas a la sombra que discutían acaloradamente llamaron su atención. En ese instante comenzaron a pelearse, los golpes iban y venían dibujando con los brazos una danza en el aire. No podía soportar esas situaciones que generan una violencia “gratuita” a la par de una sensación de vergüenza ajena por el ser humano. Por eso mismo, aceleró el paso con la intención de parar la pelea. Logró frenar los golpes y comenzó a calmarse la situación. Por un momento, pensó que no serviría de mucho, pero para su sorpresa empezó un diálogo interesante. Un debate tenso, pero clarificador. No lograba comprender que perdieran la capacidad de razonar y dialogar por mantener opiniones contrapuestas. Sin embargo, ese pareció ser el origen de la discusión. No razonaron, se enzarzaron en defender su posición sin escuchar, porque así lo habían visto hacer en los medios de comunicación. Mientras ella los observaba, consiguieron llegar a una conclusión: que ambas personas tenían su parte de razón.
Esta situación le hizo pensar, podía irse de allí con cierta tranquilidad. Había cambiado una situación sin solución por un diálogo basado en el respeto. Pero sabía que ese no era el origen del problema. Todo había sido provocado por la imagen que les proporcionaban desde su tribuna las personas que tienen la posibilidad de cambiar las cosas. Y es a éstas últimas, a quienes les corresponde la tarea de dialogar para no desembocar en disputas que no dan lugar. Aunque aquel día, ella con su humildad, había podido aportar, tal vez, su granito de arena.
Esta situación le hizo pensar, podía irse de allí con cierta tranquilidad. Había cambiado una situación sin solución por un diálogo basado en el respeto. Pero sabía que ese no era el origen del problema. Todo había sido provocado por la imagen que les proporcionaban desde su tribuna las personas que tienen la posibilidad de cambiar las cosas. Y es a éstas últimas, a quienes les corresponde la tarea de dialogar para no desembocar en disputas que no dan lugar. Aunque aquel día, ella con su humildad, había podido aportar, tal vez, su granito de arena.
PEQUEÑA CHISPA. - Por P.J.D.H.
En la tierra en la que el fuego de la ignorancia parecía arrasar con todo rastro de fe en el mañana, un joven espíritu se negaba a dejarse devorar por esa infinita oscuridad. Sin hacer caso a palabras serias o a vanos intentos de dejarlo sin fuerzas, ese corazón estaba decidido a lograr un cambio en el mundo, sin importar lo difícil que pudiera resultar convertir ese sueño en realidad. El miedo a veces lo estremecía, pero ni la más despiadada violencia lograba alejarlo de su meta
La dueña de ese corazón era una joven mujer, a la que el destino, como a tantas otras, la había hecho nacer en un país al que largos años de guerra habían dejado devastado. Sin embargo, desafiando todo lo establecido, ella había decidido no descansar hasta que todos en su país y en el mundo, sin importar género, pudieran tener acceso a una educación de calidad.
Quizás ella era únicamente una jovencita, luchando una infinita guerra contra el monstruo salvaje de la ignorancia, pero ella no sentía temor alguno. ¿Qué importaba dar la vida, con tal de garantizar que, un buen día, ninguna mujer vea truncados sus sueños de estudiar para poder contar con un empleo digno? Quizás ella era únicamente una pequeña voz en el desierto… Pero, a veces, una pequeña chispa es lo único que hace falta para iniciar el dulce fuego del cambio.
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La dueña de ese corazón era una joven mujer, a la que el destino, como a tantas otras, la había hecho nacer en un país al que largos años de guerra habían dejado devastado. Sin embargo, desafiando todo lo establecido, ella había decidido no descansar hasta que todos en su país y en el mundo, sin importar género, pudieran tener acceso a una educación de calidad.
Quizás ella era únicamente una jovencita, luchando una infinita guerra contra el monstruo salvaje de la ignorancia, pero ella no sentía temor alguno. ¿Qué importaba dar la vida, con tal de garantizar que, un buen día, ninguna mujer vea truncados sus sueños de estudiar para poder contar con un empleo digno? Quizás ella era únicamente una pequeña voz en el desierto… Pero, a veces, una pequeña chispa es lo único que hace falta para iniciar el dulce fuego del cambio.
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CORTADERAS. - Por S.B.M.
Juan Ruiz nunca se hubiera imaginado que sería desalojado por las pulsiones de la naturaleza (él, bombero voluntario, que había peleado en los incendios de bosques) pero así ocurrió y hacía casi un año, justo el día del cumpleaños de Elena, había comenzado a entramarse ese final.
Era casi primavera y deseaba hacerle a su mujer un regalo distinto. Pasó por una venta de plantas y vio la maceta con los plumeros al viento, vivos y ondulantes, como barcos cabeceando en un oleaje suave, recordó las canciones tristes de los marineros y decidió que ese sería su presente. Elena celebró la adquisición y ubicó la cortadera en la tierra, entre la verja y la albahaca.
El desarrollo posterior de la planta no admite descripciones razonables, se transformó en un ser feroz que devoró las otras especies, y contaminó con sus simientes hasta el último rincón. A la tarde arrancaban diez plantas y a la mañana siguiente habían crecido cincuenta nuevas. La vida de Juan y de Elena se redujo a estornudar y extirpar invasoras.
Hasta que Juan se declaró vencido y resolvió vender la casa a una empresa que construiría una torre de cristal y acero. Cuando cerró la puerta por última vez, además de una incipiente duda acerca de la eficacia del cemento y los metales para aniquilar al monstruoso vegetal, sintió una opresión en la garganta, los plumeros se balanceaban y parecían corear para él -Bring back, bring back / Oh, bring back my bonnie to me.
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Era casi primavera y deseaba hacerle a su mujer un regalo distinto. Pasó por una venta de plantas y vio la maceta con los plumeros al viento, vivos y ondulantes, como barcos cabeceando en un oleaje suave, recordó las canciones tristes de los marineros y decidió que ese sería su presente. Elena celebró la adquisición y ubicó la cortadera en la tierra, entre la verja y la albahaca.
El desarrollo posterior de la planta no admite descripciones razonables, se transformó en un ser feroz que devoró las otras especies, y contaminó con sus simientes hasta el último rincón. A la tarde arrancaban diez plantas y a la mañana siguiente habían crecido cincuenta nuevas. La vida de Juan y de Elena se redujo a estornudar y extirpar invasoras.
Hasta que Juan se declaró vencido y resolvió vender la casa a una empresa que construiría una torre de cristal y acero. Cuando cerró la puerta por última vez, además de una incipiente duda acerca de la eficacia del cemento y los metales para aniquilar al monstruoso vegetal, sintió una opresión en la garganta, los plumeros se balanceaban y parecían corear para él -Bring back, bring back / Oh, bring back my bonnie to me.
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jueves, 14 de abril de 2016
EL ALETEO DE OSCAR. - Por R.E.C.
Oscar tiene 35 años. Nació en la ciudad de Badalona, anclada en el mar, desde donde ve la inmensidad del Mediterráneo. Aprendió a nadar desde pequeño. Hoy, aletea más que nunca. Oscar se levanta cada día a las 6 de la mañana. Algunas noches las pasa en vigilia observando el Mediterráneo, pensativo. Otras, directamente se adentra en él. No habla griego, pero se comunica bien en inglés. Nunca está solo. Cuando se sienta sobre la lancha, nota el frío tacto del plástico. “He visto ahogarse a más gente en 25 días que en toda mi carrera”, le cuenta a un compañero. Hoy, 10 de enero, otra nueva misión. Podría ser 11, 12 o 13 de enero. Las situaciones son las mismas. Ya no ve el Mediterráneo desde Badalona. Ha emprendido un largo camino hasta el país que vio nacer la democracia, y en el que día a día la ve morir ahogada. Balas, estallidos, explosiones. No importan los motivos, lo fundamental es huir. ¿Dónde? Europa puede ser un buen lugar de acogida. Hoy un ingeniero, mañana una profesora de matemáticas...Oscar también ha visto un taxista, una enfermera de hospital, e incluso un niño escolarizado en la primaria. Algunos días el aleteo de Oscar tiene mejores resultados que otros. Surcar el mar para nadar. Podría ser 11, 12 o 13 de enero. Gracias a personas como Oscar podemos decir que, sólo a veces, el desenlace es feliz: llegar a la orilla. Balas, estallidos, explosiones. Es como una competición: quién se quede, pierde. Se trata de sobrevivir. Y de refugiarse. De refugiarse en algún lugar que te de cobijo. De saltar vallas, de franquear muros, de sortear obstáculos. Oscar tiene 35 años. Algunas noches las pasa en vigilia observando el Mediterráneo, desde Lesbos, pensativo. En pocos minutos, Oscar va a empezar a aletear. Hoy, 10 de enero, ya no piensa. Sólo mira. Pero no consigue ver nada.
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miércoles, 13 de abril de 2016
HÉROES. - Por M.C.O.M.
-Ya verás qué rollo.
La profesora trataba de calmar a sus alumnos. El alboroto se hizo general cuando les comunicó que hoy iban a hablar de los héroes de la Mitología.
-Ya te había dicho que iba ser un rollo- insistía con un codazo Miguel a su compañero de pupitre.
La profesora les pidió ejemplos de héroes. De la Mitología clásica. Nada de Messi, Cristiano o Superman.
El silencio comenzó a hacerse hueco entre los abundantes cuchicheos y Alberto levantó, tímido, la mano.
-Los héroes eran semidioses. Eran hijos de dios y de humana. Uno de los más famosos fue Aquiles, que luchó en la Guerra de Troya y…
La profesora le interrumpió con una sonrisa de satisfacción y acalló las burlas y chanzas de los que le llamaban sabihondo. Al menos había alguno que sabía algo de Mitología.
Al fondo del aula, Samir también alzó su mano y las carcajadas volvieron a retumbar.
-Yo conozco a un héroe. Es mi padre. Cruzó el Estrecho de Gibraltar en una balsa y vio ahogarse a mucha gente. Buscaba un futuro mejor para sus hijos, sin hambre ni guerras. Yo voy a escribir su historia. Hay muchos como él. Es un clásico.
El silencio se apoderó del aula. El semblante de la profesora no dejaba lugar a dudas.
-Cuéntanos más- dijo mientras algunas lágrimas querían llegar hasta las órbitas de sus ojos. Y vosotros, atended. Supongo, Miguel, que esto ya no te parecerá un rollo.
La profesora trataba de calmar a sus alumnos. El alboroto se hizo general cuando les comunicó que hoy iban a hablar de los héroes de la Mitología.
-Ya te había dicho que iba ser un rollo- insistía con un codazo Miguel a su compañero de pupitre.
La profesora les pidió ejemplos de héroes. De la Mitología clásica. Nada de Messi, Cristiano o Superman.
El silencio comenzó a hacerse hueco entre los abundantes cuchicheos y Alberto levantó, tímido, la mano.
-Los héroes eran semidioses. Eran hijos de dios y de humana. Uno de los más famosos fue Aquiles, que luchó en la Guerra de Troya y…
La profesora le interrumpió con una sonrisa de satisfacción y acalló las burlas y chanzas de los que le llamaban sabihondo. Al menos había alguno que sabía algo de Mitología.
Al fondo del aula, Samir también alzó su mano y las carcajadas volvieron a retumbar.
-Yo conozco a un héroe. Es mi padre. Cruzó el Estrecho de Gibraltar en una balsa y vio ahogarse a mucha gente. Buscaba un futuro mejor para sus hijos, sin hambre ni guerras. Yo voy a escribir su historia. Hay muchos como él. Es un clásico.
El silencio se apoderó del aula. El semblante de la profesora no dejaba lugar a dudas.
-Cuéntanos más- dijo mientras algunas lágrimas querían llegar hasta las órbitas de sus ojos. Y vosotros, atended. Supongo, Miguel, que esto ya no te parecerá un rollo.
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martes, 12 de abril de 2016
MADERA DE IPÉ*. - Por V.S.M.
Una vez más los gatos maúllan por las calles mientras sigo aquí, a la luz de una bombilla blanca que simula la claridad de un día que ya pasó. ¿Qué hora es? ¿Las dos, las tres de la madrugada? Todo parece estar detenido, silencioso… silencio que no es tal, sino más bien una especie de quietud sonora… la sombra del sofá, de la silla en la que existo, quietas; estáticas las duras patas de la mesa que sostienen mi trabajo… incluso el agua vieja de un florero descuidado, reposa inmóvil. Me siento en calma…
Aun así, esta noche es diferente. Bajo mis pies descalzos, advierto que el suelo insinúa un leve temblor. Es solo una sensación, pero recorre cada una de mis células, manteniéndolas atentas a lo que allí ocurre. Un calor oculto empieza a florecer entre mis dedos y, como si alguien hubiera abierto una caja de música desafinada, centenares de sonidos estallan a mi alrededor rasgando la madera de ipé del suelo.
Ramas que crujen sin piedad, camiones que tiznan las hojas amarillas y rojas y verdes en derredor. Mujeres que gritan desconsoladas y abatidas, hombres tatuados que lloran la deforestación; sierras eléctricas que ahogan el llanto de un bebé desnudo, mientras una voz recia señala cuál será el siguiente árbol de ipé que se talará. El piar de pájaros que se hace etéreo, que se confunde con la humedad del trópico…
Ignorante sordera; esa que no sabe escuchar más abajo de nuestros propios pies.
Y como si nada hubiera ocurrido tras esa efímera visión, me incorporo; me sirvo otra taza de té. En algún momento fui la brisa, fui el hollín… en algún momento fui la raíz de aquél árbol de ipé; fui lágrimas, fuimos UNO… pero ya nada queda… ya no lo recuerdo.
______
*Árbol del género Tabebuia, nativos de la zona intertropical de América, extendidos hasta Argentina y Paraguay. Usado por su dureza para fines comerciales en la industria maderera; sobre todo para exteriores y suelos. Su tala es acusada en el Amazonas provocando numerosos conflictos sociales y ambientales no sostenibles.
Aun así, esta noche es diferente. Bajo mis pies descalzos, advierto que el suelo insinúa un leve temblor. Es solo una sensación, pero recorre cada una de mis células, manteniéndolas atentas a lo que allí ocurre. Un calor oculto empieza a florecer entre mis dedos y, como si alguien hubiera abierto una caja de música desafinada, centenares de sonidos estallan a mi alrededor rasgando la madera de ipé del suelo.
Ramas que crujen sin piedad, camiones que tiznan las hojas amarillas y rojas y verdes en derredor. Mujeres que gritan desconsoladas y abatidas, hombres tatuados que lloran la deforestación; sierras eléctricas que ahogan el llanto de un bebé desnudo, mientras una voz recia señala cuál será el siguiente árbol de ipé que se talará. El piar de pájaros que se hace etéreo, que se confunde con la humedad del trópico…
Ignorante sordera; esa que no sabe escuchar más abajo de nuestros propios pies.
Y como si nada hubiera ocurrido tras esa efímera visión, me incorporo; me sirvo otra taza de té. En algún momento fui la brisa, fui el hollín… en algún momento fui la raíz de aquél árbol de ipé; fui lágrimas, fuimos UNO… pero ya nada queda… ya no lo recuerdo.
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*Árbol del género Tabebuia, nativos de la zona intertropical de América, extendidos hasta Argentina y Paraguay. Usado por su dureza para fines comerciales en la industria maderera; sobre todo para exteriores y suelos. Su tala es acusada en el Amazonas provocando numerosos conflictos sociales y ambientales no sostenibles.
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lunes, 11 de abril de 2016
ESCRIBAMOS NUEVAS HISTORIAS. – Por E.B.V.E.
Érase una vez… un montón de cuentos sin sentido, donde existen damiselas en aprietos, las malas del cuento son otras mujeres, todas se esfuerzan y dejan de lado su independencia, autonomía y unicidad por competir, el premio, pues claro el anhelado felices por siempre y un príncipe azul, pero vamos al ahora y a la realidad, no existen príncipes azules ni princesas rosas, somos todos y todas ciudadanos/as de un planeta llamado tierra, donde de tanto oír cuentos comenzamos olvidar la realidad. Pero este es el momento de cambios, el aquí y el ahora, todas y todos podemos ser quienes escriban nuevas historias, la mía comienza con una persona, con su amor propio y su fortaleza… Habrá una vez una mujer de rasgos únicos, que amará cada parte de su cuerpo y lo respetará ante todas las cosas, esa mujer un día después del trabajo, un trabajo en el que hace lo que siempre quiso, se esfuerza por ser mejor y despierta cada día con una sonrisa y mucha energía para las labores que tendrá que realizar, caminará a casa y como de vez en cuando, se detendrá a leer uno de sus libros favoritos en un pequeño parque, sin preocuparse por asaltos, acoso, ni violaciones, pues sabe que sus iguales la respetan, pero este iba a ser un día especial, un día en que comenzaría una historia de dos, una de sus amigas se podrá de novia con una compañera del trabajo y la llamaran para salir a celebrar esta decisión, allí en el bar de turno, riendo, bailando y compartiendo va a conocerlo, un hombre con ideales como los de ella, lleno de sueños y ganas de compartir sus experiencias, van a hablar de todo, reír por montones y sentir que se conocen de antes, cambiar números y seguir viéndose, hasta que un día van a decidir caminar junto al otro, porque los compañeros de vida caminan como iguales una al lado del otro, sabrán que les va a tocar enfrentar diferentes situaciones, pero que con respeto, comprensión y amor, podrán con todo, decidirán si quieren o no ser padres, cuando serlo y cuántos hijos e hijas vendrán, construyendo juntos su futuro.
FRÁGIL. - Por J. de Juana
Es solo una pequeña grieta. La señalo con mi dedo diminuto apuntando hacia el cielo. El niño al otro lado del cristal, observa mi dedo y sonríe. Él tampoco parece entender.
El agua, que una vez fue también nuestra, se precipita de nuevo al desierto. Al principio una gota insignificante. Después, mientras la cúpula se agrieta, un hilito constante brota lentamente a través del cristal y acaba anegando el suelo reseco que tengo bajo mis pies.
Golpeo nuevamente el cristal. El niño sigue allí, ignorando lo que está a punto de suceder. El sol que me abrasa se proyecta sobre la mampara y apenas puedo ver lo que ocurre al otro lado. Tal vez ignoren que una grieta inmensa se acaba de abrir en la bóveda, dejando escapar el aire purificado que ellos acostumbran a respirar. Grito en vano tratando de llamar su atención. El ruido de la inmensa cúpula resquebrajándose resulta sobrecogedor. Ignoro si ellos tampoco quieren escucharlo.
El agua contaminada que habitualmente vierten al desierto fluye ahora descontrolada, inundando las tierras que a duras penas consiguen alimentarnos. La cúpula se hace añicos, precipitando inmensos trozos de cristal también sobre mi aldea. Los habitantes del pequeño mundo artificial, presos ahora del pánico, son incapaces de respirar el aire enrarecido que llega del desierto. El calor les abrasa. Algunos huyen despavoridos. Otros, sin embargo, se afanan en cauterizar la grieta más próxima para evitar que yo pueda acceder a través de ella.
El niño llora mientras su mundo, que resultó ser tan frágil como el mío, lentamente se desmorona. Somos amigos. Mañana, cuando no exista ya frontera que nos separe, los dos compartiremos el mismo espacio inmenso que juntos ayudaremos a cicatrizar.
El agua, que una vez fue también nuestra, se precipita de nuevo al desierto. Al principio una gota insignificante. Después, mientras la cúpula se agrieta, un hilito constante brota lentamente a través del cristal y acaba anegando el suelo reseco que tengo bajo mis pies.
Golpeo nuevamente el cristal. El niño sigue allí, ignorando lo que está a punto de suceder. El sol que me abrasa se proyecta sobre la mampara y apenas puedo ver lo que ocurre al otro lado. Tal vez ignoren que una grieta inmensa se acaba de abrir en la bóveda, dejando escapar el aire purificado que ellos acostumbran a respirar. Grito en vano tratando de llamar su atención. El ruido de la inmensa cúpula resquebrajándose resulta sobrecogedor. Ignoro si ellos tampoco quieren escucharlo.
El agua contaminada que habitualmente vierten al desierto fluye ahora descontrolada, inundando las tierras que a duras penas consiguen alimentarnos. La cúpula se hace añicos, precipitando inmensos trozos de cristal también sobre mi aldea. Los habitantes del pequeño mundo artificial, presos ahora del pánico, son incapaces de respirar el aire enrarecido que llega del desierto. El calor les abrasa. Algunos huyen despavoridos. Otros, sin embargo, se afanan en cauterizar la grieta más próxima para evitar que yo pueda acceder a través de ella.
El niño llora mientras su mundo, que resultó ser tan frágil como el mío, lentamente se desmorona. Somos amigos. Mañana, cuando no exista ya frontera que nos separe, los dos compartiremos el mismo espacio inmenso que juntos ayudaremos a cicatrizar.
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EL RECUERDO DEL ABUELO. - Por A.L.L.
Va, eso son cosas de tu abuelo, seguro. Que no, que no, que te juro que servía para eso. Sustenta en el aire el metálico y misterioso objeto. Es alargado y curvo, con dos bolas, igualmente metálicas, una a cada lado, con una única diferencia, el color, una punta azul sobre una, roja en la otra. ¿Qué hacéis?, pregunta un tercer amigo. Nada, aquí Ernesto, que sigue empeñado en convencerme de que lo que tiene en la mano servía para sacar agua, ¡líquida! ni si quiera en pastillas, vamos, que apretabas un botón y chorreaba agua. A lo mejor salía también oro y tu abuelo nunca lo supo. Los dos amigos ríen la ocurrencia mientras él, derrotado´, maldiciendo la costumbre de creerle todas sus aventuras, deja el grifo junto a otro montón de objetos inútiles.
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LOS TIGRES SALEN POR LA NOCHE. - Por A.O.R.
–¡Eh, tú! ¡Menudo culo!–gritó una voz masculina a su espalda.
Se le encogió el estómago. Apretó con fuerza el mango de su paraguas y aceleró el paso, no tanto como para que pareciera que estaba huyendo, pero sí lo suficiente para poder echar a correr en caso de que necesitara hacerlo.
Cuando se había despedido de sus amigas en el centro, no eran más de las doce de la noche de un sábado, con lo que no había creído necesario que la acompañaran –todas ellas vivían en dirección contraria a ella y la calle estaba relativamente llena de gente–, pero ahora se estaba arrepintiendo de no haber llamado a un taxi.
–¡Eh, tú, la morena! No me ignores. Te estoy hablando a ti.
«Los violadores buscan víctimas que no opongan resistencia, que lleven el pelo recogido para poder tirar de ellas con más facilidad, que vistan ropa fácil de desgarrar, que no porten objetos que se puedan convertir en armas», se trató de tranquilizar. Llevaba un paraguas, unos robustos pantalones vaqueros y un chaquetón que había soportado tormentas peores.
–¡Eh, zorra! No finjas que no me has oído. Solo quiero conocerte, joder, borde de mierda.
Los pasos de la voz gangosa se hicieron más ruidosos y más acelerados. Aurora, con la garganta congelada, no se veía capaz de gritar «¡Fuego!» si conseguía acercársele más, así que hizo lo siguiente mejor.
Apretando con fuerza el paraguas en la mano derecha y sacando las llaves de su casa del bolso con la izquierda, echó a correr.
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Se le encogió el estómago. Apretó con fuerza el mango de su paraguas y aceleró el paso, no tanto como para que pareciera que estaba huyendo, pero sí lo suficiente para poder echar a correr en caso de que necesitara hacerlo.
Cuando se había despedido de sus amigas en el centro, no eran más de las doce de la noche de un sábado, con lo que no había creído necesario que la acompañaran –todas ellas vivían en dirección contraria a ella y la calle estaba relativamente llena de gente–, pero ahora se estaba arrepintiendo de no haber llamado a un taxi.
–¡Eh, tú, la morena! No me ignores. Te estoy hablando a ti.
«Los violadores buscan víctimas que no opongan resistencia, que lleven el pelo recogido para poder tirar de ellas con más facilidad, que vistan ropa fácil de desgarrar, que no porten objetos que se puedan convertir en armas», se trató de tranquilizar. Llevaba un paraguas, unos robustos pantalones vaqueros y un chaquetón que había soportado tormentas peores.
–¡Eh, zorra! No finjas que no me has oído. Solo quiero conocerte, joder, borde de mierda.
Los pasos de la voz gangosa se hicieron más ruidosos y más acelerados. Aurora, con la garganta congelada, no se veía capaz de gritar «¡Fuego!» si conseguía acercársele más, así que hizo lo siguiente mejor.
Apretando con fuerza el paraguas en la mano derecha y sacando las llaves de su casa del bolso con la izquierda, echó a correr.
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